jueves, 5 de diciembre de 2013

En Etiopía el arado no siempre "es solo cosa de hombres"




 Halima y su hija a las puertas de casa!!!

Por: MANOS UNIDAS  www.canalsolidario.org






En octubre, la “Mirada a la Igualdad” de Manos Unidos se ha detenido en la comunidad de Mawo, en Etiopía. Allí han conocido a Halima Abdala, una valiente mujer musulmana, que en una sociedad dominada por los varones, ha roto una tradición ancestral que impide arar a las mujeres sus propias tierras.
En octubre,y con motivo de los días de la Alimentación y la erradicación de Pobreza, nos hemos trasladado a Etiopía, concretamente a la región de Afar, en la frontera con el Tigray. Nuestra “Mirada a la Igualdad” de este mes se ha detenido en la comunidad de Mawo, donde hemos conocido a Halima Abdala, una valiente mujer musulmana, que en una sociedad dominada por los varones, ha sido capaz de romper una tradición ancestral en algunas zonas de Etiopía, que impide arar a las mujeres propietarias de tierras. Manos Unidas trabaja, junto a sus socios locales de la Diócesis de Adigrat, y con el apoyo financiero de la Aecid, por erradicar esta costumbre tan fuertemente arraigada.
Por Marta Carreño
Mujer, viuda y cabeza de familia, Halima reunía en una sola persona todos los requisitos para formar parte de las negras estadísticas del hambre y la pobreza, en un país que, a pesar de haber experimentado un más que notable crecimiento económico en los últimos años, se mantiene todavía entre las naciones a la cola del desarrollo. Pero Halima no quiso conformarse con esa suerte. Hace tiempo que los hijos mayores abandonaron el hogar familiar para buscar el sustento en otros lugares, a su cargo quedan solo la menor, de doce años, y un hijo. Por ellos no dudó en hacer frente a las críticas y la incomprensión de sus vecinos y por ellos, saca fuerzas cada día para sobrevivir.
Hace ya unas horas que el calor pega con fuerza en Mawo. Bajo un sol de justicia, Halima se afana por sacar rendimiento a su pequeño terreno. Hay que mover la tierra para dejarla preparada para la próxima siembra. El arado, guiado con mano firme, marca surcos en el suelo seco, levantado terrones pedregosos. Cada movimiento saca un grito de la garganta de Halima, como una voz de mando que indica quién es la que tiene la fuerza; un grito que bien puede ser de aliento, de apoyo o de triunfo. Manejar el arado no es fácil y Halima suda bajo su velo de colores. Hace ya años, de niña, se lo hicieron creer: el arado era solo cosa de hombres. Y hasta que el Programa llegó a su comunidad, así lo sostuvo siempre. Lo vio con su madre y, durante mucho tiempo, lo vivió en persona. De poco valía ser propietaria de esa pequeño terreno si más de la mitad de la cosecha debía que entregársela al hombre que araba por ella. De poco servía su esfuerzo por intentar sacar adelante a sus hijos si el fruto de la tierra solo daba para sobrevivir…
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